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Hablamos sobre temas sociales, mutualismo, cooperativismo, organizaciones del Tercer Sector.

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Demasiado se habló –y escribió– en estos últimos dos años sobre la aparición de una "nueva derecha" en la región, con exponentes aggiornados del pensamiento conservador regional, cuyos discursos se amoldaron para poder disputar electoralmente con el alto piso de apoyo de los gobiernos posneoliberales.

Se dio cuenta de las similitudes –discursivas y prácticas– de un conjunto de representantes, tales como Marina Silva –Brasil–, Henrique Capriles –Venezuela–, Sergio Massa –Argentina–, Luis Lacalle Pou –Uruguay–, Samuel Doria Medina –Bolivia– y Mauricio Rodas –Ecuador-. Todos ellos guardan una similitud: no impugnar abiertamente las políticas sociales de los gobiernos posneoliberales, pero sí criticar una supuesta "injerencia" estatal –hecho que permite, precisamente, esa redistribución-. De lo que aún no se dio cuenta es que todas estas experiencias se han mostrado débiles en las urnas. O que, al menos, no tuvieron el correlato con la pretensiones iniciales de sus protagonistas –y los grupos mediáticos que amplificaron sus figuras, brindándoles numerosos espacios en el prime time televisivo de cada uno de estos países. Veamos: en Brasil, Silva apenas superó el porcentaje de 2010 –en aquel momento un 20%; en 2014, un 22%, sin siquiera acceder al balotaje-. Durante la primera vuelta uruguaya, el porcentaje de Luis Lacalle Pou fue muy similar al de su padre, Luis Alberto Lacalle, en 2009 –aproximadamente un 30 por ciento-.

En Bolivia, Doria Medina alcanzó a duras penas dos de cada diez preferencias, quedando un 40% abajo del MAS. Y en Ecuador y Venezuela, tanto Rodas como Capriles se encuentran confinados en experiencias de gestión locales –Quito y Miranda–, sin poder expandirse territorialmente en toda la geografía nacional. En Argentina, como si todo esto fuera poco, Massa retrocede en las encuestas, y en algunas ya se ubica tercero en las preferencias para las presidenciales del próximo año, siendo superado por el PRO de Mauricio Macri. Estos elementos nos pueden dar tres primeras lecturas parciales: a) La base electoral de los gobiernos posneoliberales sigue siendo muy grande.

Este año, seis de cada diez bolivianos votaron por Evo Morales; y cinco de cada diez uruguayos y brasileños respaldaron al Frente Amplio y al Partido de los Trabajadores, respectivamente. Hablamos de gobiernos que en general promedian al menos una década en funciones. En Venezuela y Ecuador, tanto las elecciones presidenciales de 2013 como las posteriores municipales dan cuenta de similares fenómenos: triunfos oficialistas. Hay un arraigo territorial de los gobiernos posneoliberales notoriamente afianzado en las urnas. b) Los medios hegemónicos de comunicación en América Latina aún no han podido imponer a sus candidatos. Horas y horas de pantalla.

Equipos especializados en comunicación, muchas veces vinculados entre sí, a lo largo y ancho de la región. Y millones de dólares en asesoramiento externo. Todos elementos que no han alcanzado para terminar de potenciar a estos candidatos, que incluso logran similares resultados a los de sus partidos en el pasado. El marketing electoral existe, las campañas influyen, claro, pero al momento el apoyo constante de algunos de los multimedios más importantes de la región no ha podido condicionar estas votaciones. La política –y sobre todo la gestión de los gobiernos posneoliberales– se terminó imponiendo en las urnas en todos estos países. c) En la dicotomía "nueva derecha" vs derechas tradicionales hay también crecientes disputas.

El caso de Brasil es el más sintomático en este sentido: ante el programa difuso de Silva, el elector más conservador se inclinó por Neves y lo terminó llevando al balotaje. Si tomamos en cuenta el repunte de Macri –con una matriz liberal más nítida– en encuestas en la Argentina, comiendo parte del terreno ocupado por Massa en 2013, llegamos a una conclusión similar. Y en Venezuela, hasta el propio Capriles fue acusado de "tibio" por los sectores más retrógrados de la sociedad venezolana. Como se ve, la legitimidad de esta "oposición conservadora light" frente a los gobiernos posneoliberales aún está en disputa, y visto y considerando sus magros resultados, esto se acrecentará en los próximos meses.